Recapacitó un buen rato en su nueva soledad y díjose: "Algo bueno tiene esto, y es que tocaré a más". Y en efeto, aumentó su ración de bayas y frutos, y su abdomen comenzó a tomar aire. Se veía orondo y lustroso, podía mirar a otras monas a su antojo y con notable descaro sin temer furibundas broncas (el famoso y demoledor "ya no me quieres como antes"), y podía roncar sin temer represalias

porque habéis de saber, maridos del mundo que esto leéis, que la base de la dominancia femenina es que ningún comportamiento incorrecto queda sin su correspondiente castigo, y eso educa mucho y cambia esquemas y circuítos cerebrales.
Pero no existe la felicidad completa. A medida que transcurrían los días notaba una importante desazón, y mientras que su abdomen dilataba, el apéndice identificador de rango y sexo menguaba y languidecía. Y languidecía y se atrofiaba con rapidez, voto a bríos. Cuando intentaba maniobras de aproximación a monas "monas", algún aguerrido macho le hacía cambiar de idea utilizando contundentes argumentos. Su desesperación crecía, sentía "mariposillas"..... 
Y un terrible día, que marcaría un hito en el inexorable devenir de la vida en la sabana africana, ocurrió lo inesperado.
Encontrábase nuestro simio en lo alto de una corpulenta acacia, a cuyo pié corría un riachuelo. Más triste que de ordinario, por no decir otra cosa, recitaba mentalmente aquella nostálgica poesía:
"Siento frío,
siento gente,
siento quinse,
siento veinte".....
Y mira tú por dónde, un soberbio ejemplar de león, un antepasado de nuestro Leoncio Palmiro, se acercó con parsimonia a beber. Bajó su espléndida melena hacia el agua y descubrió sus cuartos traseros en la postura. (CONTINUARÁ........)